VIH - Sida
Social
Violencia sexual y transmisión del VIH/Sida
jueves, 13 marzo 2008

Autor: Jennifer Klot y Pam DeLargy *
Las altas tasas de violencia sexual en el África subsahariana quizás puedan explicar los índices de contagio desproporcionados entre las mujeres jóvenes en comparación con los hombres, así como facilitar un nuevo marco conceptual para entender la cuestión de la transmisión del VIH.
La violencia sexual está infravalorada como factor de riesgo y de transmisión del VIH, tanto en los conflictos armados como en otras situaciones. La violencia sexual y la coacción incrementan la predisposición al VIH en la medida en que el sexo no consentido está asociado a un aumento del trauma genital y de heridas por el coito, y a algunos factores de riesgo como la posibilidad de que exista penetración anal, la vulnerabilidad de chicas adolescentes y la diferencia de edad entre los participantes.
El incremento del riesgo también se asocia a la posible infección del perpetrador, a la incidencia y predominio de la violencia sexual, incluida la violación en grupo, y a la posibilidad de contraer infecciones de transmisión sexual (ITS) ulcerosas y el VIH. Sólo hace falta una mínima herida genital, ya sea interna o externa, para proporcionarle al virus acceso a células que pueden ser infectadas.
Si la violencia sexual constituye un factor significativo de riesgo de contagio de VIH, de ahí se desprende que los conflictos armados suponen una mayor probabilidad de infección por VIH, sobre todo en aquellos lugares donde se usa la violación como un arma de guerra, donde la existencia de menores medidas de seguridad contribuye
a una alta incidencia de la violencia sexual oportunista o donde ya existe una infección por VIH entre la población.
Dados los altos niveles de violencia sexual que se producen en muchos países afectados por conflictos armados con una preponderancia del VIH (como la República Democrática del Congo, Liberia, Burundi y Costa de Marfil), este aspecto podría ser uno de los principales causantes de la extensión de la epidemia.
Cada vez son más numerosos los estudios que demuestran que la violencia sexual durante las guerras no desaparece al firmarse un acuerdo de paz:
1. En muchos casos, como en Liberia, los niveles de violencia sexual continúan siendo altos durante la posguerra y, en algunos países, la violencia contra las mujeres puede incluso aumentar en este periodo, aunque esta dinámica puede cambiar.
2. Entender cómo evolucionan los patrones de comportamiento a través del tiempo es primordial para proporcionar una prevención y una respuesta efectivas al VIH. Sin embargo, la mayor parte de las escasas publicaciones que tratan sobre la conexión entre conflictos armados y VIH/Sida sólo identifican la violencia sexual como un factor entre los muchos que pueden incrementar la posibilidad de contraer el VIH en un conflicto armado (entre estos factores se encuentran la movilidad y los desplazamientos de la población, la pobreza, la imposibilidad de acceder a servicios de salud e información, las transfusiones sanguíneas poco seguras, las interacciones entre militares y civiles, los cambios en las estructuras familiares y sociales, el impacto demográfico, los traumas psicológicos, el uso de sustancias ilegales y las ITS).
La cuestión no es negar la importancia de estos factores, sino distinguir entre
“desencadenantes” y “factores de riesgo”.
Las circunstancias descritas anteriormente incrementan la vulnerabilidad al VIH, mientras que una relación sexual forzada o violenta constituye un riesgo principal.
Es cierto que la pobreza, las migraciones y el cambio de las estructuras sociales aumentan la vulnerabilidad de las mujeres jóvenes al VIH, pero los riesgos específicos suelen encontrarse más ligados a la violencia sexual y a la explotación sexual, incluidos los encuentros sexuales de alto riesgo en aras de la supervivencia propia, a cambio de comida u otra ayuda, para poder cruzar fronteras o para conseguir cierto tipo de protección.
De hecho, por lo general, el término “interacción entre militares y civiles” es un eufemismo para describir situaciones de violencia y explotación sexuales.
Muchas víctimas y sobrevivientes de la violencia sexual experimentan múltiples formas de violencia durante las distintas etapas en que se desarrollan los conflictos armados: antes del conflicto, durante la huida, en las supuestas áreas protegidas, durante el reasentamiento y tras el retorno.
En muchas situaciones de posguerra, las mujeres y niñas que han sufrido una agresión sexual, una violación o la explotación sexual –las cuales también pueden acarrear las consecuencias psicológicas del sexo forzado– son también estigmatizadas, expulsadas de sus familias y experimentan tipos de marginación social que las exponen aún más a la explotación sexual, a relaciones inestables y al sexo forzado continuado, perpetuando de este modo el ciclo de vulnerabilidad. Una concienciación de esta dinámica ha llevado a aumentar la atención dirigida a múltiples factores, como la educación y la subsistencia, así como la ayuda psicológica y la asistencia médica de las obrevivientes.
3. Sin embargo, se han realizado muy pocos análisis empíricos sobre esta combinación de riesgos fisiológicos y de comportamiento como desencadenantes de la infección de VIH, tanto durante como después del conflicto.
Distinguir entre violencia sexual como un “desencadenante” o “factor de riesgo” es crucial para determinar cómo se conciben y se ponen en práctica las políticas y los programas de emergencia y de VIH.
Aunque es posible que la prevención del VIH/Sida sea una respuesta de primera línea a la violencia sexual (como el tratamiento contra las ITS y el suministro de profilaxis tras la exposición), es mucho menos probable que la prevención de la violencia sexual sea vista y utilizada como un punto de partida para la prevención del VIH/Sida en el contexto de programas de desarme y desmovilización, campañas de información y educación y programas de reconstrucción y recuperación urgente.
En general, se considera que tratar la violencia sexual forma parte del apoyo a los derechos humanos, la salud reproductiva o una cuestión de género (y, por lo tanto, recibe recursos y se elaboran programaciones acordes con esta idea).
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