Vigía del idioma
Número 3 (Abril 2003)
El apodo: un acto de habla motivado
lunes, 02 enero 2006
Autor: Mariano Lozano Ramírez
¿Sabe Ud. qué es un apodo? ¿Ha sufrido la angustia de tener un apodo? ¿Sabe cómo le dicen sus amigos? ¿Le gusta? ¿Lo ofende? ¿Lo hace infeliz? Son muchas las preguntas que nos podríamos hacer acerca de este fenómeno lingüístico sociolectal.
El apodo es un acto de
creación o de recreación lingüística motivado, muy expresivo, mediante
el cual el sujeto apodador da un nuevo nombre a sus semejantes, según
las características que evocan en la mente de aquél la imagen de un
objeto, cosa, sujeto o circunstancia y que identifican al personaje que
recibe este nuevo nombre.
La constante necesidad
que tiene el hablante de designar las realidades, lleva al usuario de
la lengua a despertar en su memoria (cerebro), imágenes que están
prestas para ser activadas, permitiendo la creación de este signo
lingüístico. Existe en el hablante una inmensa capacidad asociativa que
trabaja como una máquina en pos de la nominación, ej: Rimula,
Termoking, Mueblefino, Menudencia, Doblecasetera.
Seguramente,
nadie se escapa de tener un apodo. Ellos no surgen de la nada; siempre
tienen una motivación y ésta es la razón que lleva al apodador a
descargar en los otros la fuerza emocional que despiertan las
características de los sujetos por razones diversas: cariño, amor,
odio, ira, maldad, jocosidad, emoción, tristeza, envidia, amistad,
enemistad, etc.
Desde la antigüedad hasta hoy los
hombres han tenido apodos. Éste no es un fenómeno nuevo. Lo nuevo para
la creación lingüística son las características, circunstancias,
condiciones socioculturales e intenciones de los hombres en las
distintas épocas.
El hablante para su creación
utiliza en el proceso de nominación los recursos propios de la lengua.
Así, el apodador tiene dos caminos para la elaboración de su acto de
habla. Uno morfológico y otro semántico. Desde la morfología se crean
apodos: 1. por derivación (diminutivos: Benitín, Cebollita;
aumentativos: Carietón, Lagrimón; despectivos: Viejorro, Bojote,
Pecueco; superlativos: Blanquísimo, Tontorrísimo). 2. por composición
(Camaralenta, Cristoviejo). 3. por transplantación (simpson, Barbie,
Brownie, Batman). Desde el punto de vista semántico se crean por
metáfora, metonimia, sinécdoque; el sujeto se asocia con animales,
plantas, frutas, objetos, productos, actividades, instrumentos de
trabajo, profesiones u oficios, vida religiosa, cuerpo humano,
defectos, virtudes, etc.*
Los apodos se dan en
todas las clases sociales. En la alta, los hay abundantes, lo mismo que
en la media y en la baja. De acuerdo con estos niveles de lengua se
encuentran apodos que van desde los más originales, nobles, suaves,
jocosos o humorísticos, hasta los más grotescos, vulgares, satíricos y
denigrantes, así: Careniño, Niñodios, Bastantica, Patapicha,
Virgojecho, Sabañón, Mocotieso, entre otros.
No podemos ni debemos confundir los términos apodo (carecrimen, gusano, bacteria), nombre (Blanca, Juan, Andrés), sobrenombre (el valiente, el manco), seudónimo (Dartagnan, Cleofás), hipocorístico (Chepe,
Pepe, Pocho), alias (Sangrenegra, el Patrón) porque, aunque se refieren
al nuevo nombre que se da al sujeto, difieren en matices
significativos. Sin embargo, son equivalentes los términos apodo, mote, remoque o remoquete.
Así
pues, el apodo como fenómeno lingüístico motivado, está siempre teñido
de la coloración emotiva, festiva, humorística, sarcástica o grosera
que le imprime el hablante creador o recreador del signo.
________
*
LOZANO RAMÍREZ, Mariano. Contribución al estudio del apodo en el habla
bogotana. Santafé de Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1999, 400
págs.
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