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lunes, 02 enero 2006

El apodo: un acto de habla motivado

Autor: Mariano Lozano Ramírez

¿Sabe Ud. qué es un apodo? ¿Ha sufrido la angustia de tener un apodo? ¿Sabe cómo le dicen sus amigos? ¿Le gusta? ¿Lo ofende? ¿Lo hace infeliz? Son muchas las preguntas que nos podríamos hacer acerca de este fenómeno lingüístico sociolectal.

El apodo es un acto de creación o de recreación lingüística motivado, muy expresivo, mediante el cual el sujeto apodador da un nuevo nombre a sus semejantes, según las características que evocan en la mente de aquél la imagen de un objeto, cosa, sujeto o circunstancia y que identifican al personaje que recibe este nuevo nombre.

La constante necesidad que tiene el hablante de designar las realidades, lleva al usuario de la lengua a despertar en su memoria (cerebro), imágenes que están prestas para ser activadas, permitiendo la creación de este signo lingüístico. Existe en el hablante una inmensa capacidad asociativa que trabaja como una máquina en pos de la nominación, ej: Rimula, Termoking, Mueblefino, Menudencia, Doblecasetera.

Seguramente, nadie se escapa de tener un apodo. Ellos no surgen de la nada; siempre tienen una motivación y ésta es la razón que lleva al apodador a descargar en los otros la fuerza emocional que despiertan las características de los sujetos por razones diversas: cariño, amor, odio, ira, maldad, jocosidad, emoción, tristeza, envidia, amistad, enemistad, etc.

Desde la antigüedad hasta hoy los hombres han tenido apodos. Éste no es un fenómeno nuevo. Lo nuevo para la creación lingüística son las características, circunstancias, condiciones socioculturales e intenciones de los hombres en las distintas épocas.

El hablante para su creación utiliza en el proceso de nominación los recursos propios de la lengua. Así, el apodador tiene dos caminos para la elaboración de su acto de habla. Uno morfológico y otro semántico. Desde la morfología se crean apodos: 1. por derivación (diminutivos: Benitín, Cebollita; aumentativos: Carietón, Lagrimón; despectivos: Viejorro, Bojote, Pecueco; superlativos: Blanquísimo, Tontorrísimo). 2. por composición (Camaralenta, Cristoviejo). 3. por transplantación (simpson, Barbie, Brownie, Batman). Desde el punto de vista semántico se crean por metáfora, metonimia, sinécdoque; el sujeto se asocia con animales, plantas, frutas, objetos, productos, actividades, instrumentos de trabajo, profesiones u oficios, vida religiosa, cuerpo humano, defectos, virtudes, etc.*

Los apodos se dan en todas las clases sociales. En la alta, los hay abundantes, lo mismo que en la media y en la baja. De acuerdo con estos niveles de lengua se encuentran apodos que van desde los más originales, nobles, suaves, jocosos o humorísticos, hasta los más grotescos, vulgares, satíricos y denigrantes, así: Careniño, Niñodios, Bastantica, Patapicha, Virgojecho, Sabañón, Mocotieso, entre otros.
No podemos ni debemos confundir los términos apodo (carecrimen, gusano, bacteria), nombre (Blanca, Juan, Andrés), sobrenombre (el valiente, el manco), seudónimo (Dartagnan, Cleofás), hipocorístico (Chepe, Pepe, Pocho), alias (Sangrenegra, el Patrón) porque, aunque se refieren al nuevo nombre que se da al sujeto, difieren en matices significativos. Sin embargo, son equivalentes los términos apodo, mote, remoque o remoquete.

Así pues, el apodo como fenómeno lingüístico motivado, está siempre teñido de la coloración emotiva, festiva, humorística, sarcástica o grosera que le imprime el hablante creador o recreador del signo.

________
* LOZANO RAMÍREZ, Mariano. Contribución al estudio del apodo en el habla bogotana. Santafé de Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1999, 400 págs.


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