Vigía del idioma
Número 13 (Mayo de 2007)
Colombianismos (II)
lunes, 22 octubre 2007

Autor: Carlos Patiño Rosselli - Academia Colombiana de la Lengua
Los colombianos solemos enorgullecernos de ser un país en el cual se rinde culto al buen uso del idioma y nos engolosinamos repitiendo la leyenda de que nuestro español es uno de los "mejores" -"el mejor", querrán algunos -de Hispanoamérica. Es sabido que para la ciencia del lenguaje no hay lenguas "mejores" que otras, pero sí es un hecho objetivo que el lenguaje ha constituido aquí un valor sociocultural de especial relieve, como lo han señalado estudiosos extranjeros (por ejemplo, el historiador inglés Malcolm Deas).
No es de extrañar, por lo tanto, que pueda registrarse un buen número de trabajos acerca del léxico propio del país, ya sea en perspectiva nacional o regional. Siendo el español colombiano un conjunto de hablas regionales bien diferenciadas, esta sectorización se refleja especialmente en rasgos de pronunciación y entonación, por una parte, y en características del vocabulario, por otra.
En cuanto a los aportes investigativos de cubrimiento nacional, debe mencionarse, en primer lugar, el monumental Atlas lingüístico-etnográfico de Colombia (1981-3, 6 vols.), publicado par el Instituto Caro y Cuervo, que recoge el vocabulario de la cultura rural (por ejemplo, las múltiples designaciones del 'cogedor de cafe', la 'carretilla', el 'machete',el 'plátano banano', etc.).
En el formato lexicográfico tradicional, descuellan los extensos repertorios de Mario Alario di Filippo y de Gϋnther Haensch y Reinhold Werner. El primero, Lexicón de colombianismos (2da ed., 1983, 2 vols.), hace frecuentes referencias al uso de determinadas voces en otros países hermanos y no deja por fuera bogotanismos de los añoss cuarenta como fosfa 'mujer frívola, casquivana' y glaxo 'petimetre, lechuguino, pisaverde'. El Nuevo.diccionario de colombianismos (1993), dirigido por los profesores de la Universidad de Augsburgo Gϋnther Haensch y Reinhold Werner (con la colaboración de una extensa nómina de consultores colombianos), tiene la especial utilidad de presentar (si los hay) los equivalentes peninsulares de nuestros términos, por ejemplo, empastar por calzar (un diente), currar por camellar, soplado par jalado, jactancioso por posudo, etc.
Por varios decenios anterior a estas dos obras es el repertorio Colombianismos y otras voces de uso general (1953) del franciscano Julio Tobón Betancour, que recogió ya mamar gallo 'tomar el pelo' y coloquialismos como mametas 'dícese del que se corre, del que no cumple la palabra', machuco 'almuerzo', engerido 'enmantado, aterido de frío', enquimbarse 'llenarse de deudas', saporro 'piporro', etc.
Está ahora en la imprenta la tercera edición del Breve diccionario de colombianismos, publicado por la Academia Colombiana de la Lengua (2da ed.,1992), que constituye una revisión y actualización de este trabajo, y ofrece por lo tanto un cuadro selectivo del habla de hoy día. Allí están, entonces, voces de existencia o difusión recientes en nuestro léxico como bacano 'excelente', colgar 'atracar', gallinacear 'buscar conquistas amorosas', ley 'policía', paraco 'miembro de los llamados paramilitares o autodefensas', parcero 'compañero', parche 'sitio de reunión de jóvenes', etc.
Dejamos para próxima ocasión referirnos a los aportes sobre el léxico colombiano regional.
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