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martes, 27 marzo 2007

Gabo y su Corazón del Cielo

Gabo y su Corazón del Cielo

Intervención de Gabriel García Márquez en el IV CILE

Eran como las 10 o las 11 de la mañana, la hora no importaba, a fin de cuentas en el Caribe Colombiano, todo es imaginario, el tiempo, las mariposas amarillas y el sabor del mar.

Autor: Pedro Enrique Mendoza - Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla, especial para Universia Colombia

La cita, el Centro de Convenciones de Cartagena. El motivo, ver a Gabriel García Márquez, escuchar a Carlos Fuentes, mirar a los Reyes de España, escuchar al Presidente Álvaro Uribe y sentarse con más de 700 personas que saben de la vida, de la literatura, de la poesías y que querían ver el momento cuando se le entregara a Gabo, el primer libro de la edición especial del IV Congreso Internacional de la Lengua Española.

Primero habló el expresidente Belisario Betancourt, habló del Corazón del Cielo, visionarios del sol y las estrellas y cómo la palabra forma parte de toda una cultura, que inclusive, crea nuevas formas como la enseñada por ese pequeño niño de Medellín, lumpareza, que significa la pereza de los lunes para ir al colegio.

El tiempo empezó de un momento a otro a detenerse, los Reyes miraron de un lado a otro, lo mismo hizo el presidente Uribe y en el escritorio invisible estaba ese autor mexicano que dice que no sabe que es mejor, si leer los libros de Gabo o escucharlos. Es Carlos Fuentes, al que Gabo aprendió desde México a decirle cariñosamente, Fontacho.

A Francia llegó en 1957 Gabriel García Márquez, encerrado en un hotel de la Rue Cujas cuyo único adorno era un retrato de Mercedes y el único lujo tres paquetes azules de cigarrillos Gauloises. En el Boulevard Saint-Germain se cruzó Gabo con Ernest Hemingway y le gritó de acera a acera: «Adiós, maestro» —como hoy le gritan, adonde quiera que va, a Gabriel García Márquez. Y aunque Hemingway dijo que los buenos norteamericanos van a París a morir, García Márquez hubiese dicho que los buenos latinoamericanos van a París a escribir.

Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto —me dijo— que le tomó madurar 17 años y redactar 14 meses. Angustias y alegrías: «jamás he trabajado en soledad comparable —me dice—, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras. A veces —me escribe Gabriel— me asalta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta...»”, dijo Fuentes.

Vinieron los aplausos, las lágrimas y luego las palabras de Víctor García de la Concha, director de la Real Academia de la Lengua, que recordó con la venia del Rey de España, como Gabo estuvo de acuerdo en hacer una nueva edición de “Cien Años de Soledad”, con la condición de ver al Rey, cuando estuvo con su majestad, sólo le dijo: Rey, yo quiero que usted vaya a Cartagena.

Y allí estaban todos, el Rey, los Presidentes, incluyendo Bill Clinton, los poetas, los escritores. Todo fue alegría cuando el Nobel recibió el primer libro de esta edición especial, mariposas amarillas volaron del cielo, Úrsula esperó en el alma de cada uno y aureliano Buendía, entendió que tendrá que vivir otros cien años.

Gabo miró, se sonrió, leyó unas hojas, volvió el realismo mágico y contó como con la ayuda de Mercedes su mujer escribió una novela que dicen es el Quijote de América:

"Por fin, a principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de la ciudad de México, para enviar a Buenos Aires la versión terminada de “Cien Años de Soledad”, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina, a doble espacio y en papel ordinario y dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Suramericana.

El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: "Son 82 pesos. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera, y se enfrentó a la realidad: Sólo tenemos 53. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires, sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto.

Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para mandarla, ya Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera mitad del libro, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarla. Fue así como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy”
", dijo Gabo conmovido.


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