Colombia
Usuario
Contraseña
Registro de usuariosSoy usuario nuevo¿Olvidó su Contraseña?Olvidé mi contraseña
BUSCAR EN UNIVERSIA
Ir a búsqueda avanzadaIr a búsqueda avanzada
Usted está navegando en Universia Colombia2008/11/23 | Inicio arrow Vigía del idioma arrow Artículos especiales arrow Elogio de las malas palabras
RSS::FOROS::AGENDA ::MAPA DEL SITIO
MOVILIDAD ACADÉMICABecas, Agenda, Estudios
EMPLEOInformación empleo
FORMACIÓNProgramas académicos y Cursos
EN ABIERTOMás contenidos Universia
NOTICIASActualidad universitaria
NOSOTROSInformación institucional

jueves, 07 agosto 2008

Elogio de las malas palabras

Autor: Eduardo Dermardirossian - Alainet.org

Hoy vengo a hacer el elogio de las malas palabras. O, cuando menos, a aligerar su carga ominosa. Vengo a levantar la bandera de la libertad de palabra más alto que Mendieta, el ilustre perro de Inodoro Pereyra, a celebrar la libertad de expresión en la más espontánea de sus formas: irrumpir desde las entrañas del hablante y dar con estrépito en el rostro del oyente. Hoy quiero cobrar venganza por la gazmoñería de mis maestros que, no contentos con amonestarme cuando apostrofaba a mis compañeros de banco, fastidiaban a mis padres con malas anotaciones en mi cuaderno. Quiero ejercer mi derecho de hablar como mejor convenga a mi ánimo, variable como el viento, espiralado unas veces hacia arriba y otras hacia abajo, y casi siempre desafiando las reglas RAE.

Pero antes de iniciar esta alabanza debo reconocer el territorio enemigo para después transgredir sus límites. El diccionario de la Real Academia Española no incluye la expresión mala palabra; sí incluye otras como palabra gruesa (dicho inconveniente u obsceno) y palabra picante (la que hiere o mortifica a la persona a quien se dice). Y enseña que las buenas palabras son las expresiones o promesas corteses dichas con intención de agradar y convencer.

Va de suyo que esos doctos señores nos quieren corteses y adulones. No les importa la salud personal de los hablantes que sufragan sus enconos en las arcas de los psicoanalistas, no les importa la salud social de las multitudes, que unas veces quieren vomitar su descontento con los gobernantes y otras quieren ser obsequiosos con los árbitros del fútbol. No saben los mandamases de la lengua que una gresca matrimonial puede saldarse con una palabrota a cambio de un trompis o de un descuartizamiento. Ellos te dicen que debes agradar y convencer, nunca utilizar la mala palabra, calmante y sanadora.

Para mi consuelo he sabido que la Academia Argentina de Letras, desoyendo los consejos de aquellos capitanes de la lengua, inició una campaña de desobediencia filológica*. En su catálogo de argentinismos incluyó unas voces que no encontrarás en el mataburros oficial de la lengua, entre ellas, algunos de los más lucidos improperios que se recitan en el Río de la Plata y sus arrabales.

Fontanarrosa
El empeño de este disparatador rosarino, amigo del fútbol y de las malas palabras, merece un lugar en estas columnas. Corría la primavera argentina de 2004 y a orillas del Paraná se celebraba el III Congreso de la Lengua. Junto a los más ilustres cultores del buen hablar, ocupaba un sitio el benemérito humorista y hombre de malas letras que titula este capítulo.

Y fue precisamente su discurso, dicho en la sesión de cierre, el que quedó en la memoria de todos, de los ilustres académicos y de los curiosos, de los escritores afamados y de los cagatintas. “Yo, dijo Fontanarrosa, como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tales y por qué […] ¿O es que acaso las malas palabras les pegan a las buenas? ¿Son malas porque son de mala calidad, cuando uno las pronuncia se deterioran?” Y cuando el auditorio –jocundos unos por el dislate e iracundos otros por la blasfemia- parecía recuperar su compostura, el disertante arrojó el guante: “Yo pido que atendamos a la condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pido (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas […] Integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar”.

En este punto no puedo dejar de preguntarme por qué los hombres habíamos de necesitar las malas palabras. Porque son terapéuticas, en opinión del psicoanalista mentado, porque son un tesoro filológico que no puede ser reemplazado: “no es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo”. Y porque admite una estructura logarítmica rigurosa, al igual que los más precisos conceptos de la lógica. Dice un autor anónimo que profundos estudios lingüísticos y filológicos han revelado que ciertos giros populares del Idioma castellano siguen una rigurosa estructura matemática. El lector podrá verlo en el cuadro adjunto.

La familia rioplatense
Así como el maledicente rioplatense ha acuñado el verbo putear para nombrar los numerosos exabruptos soeces derivados en un sustantivo que suele aplicarse a la rama materna del oponente, también ha creado un ámbito amable para reunir a quienes merecen su afecto. Con ese propósito los ha designado con el patronímico bolú, que vale ora como sustantivo común, ora como sustantivo propio, como apellido familiar.

Este es un caso en el que la palabra, ese atributo humano que unas veces elogié y otras desdeñé, abandona su significado literal para, primero, adquirir un sentido insultante, y después designar a quienes merecen afecto. Una familia que más allá de su origen diverso ha encontrado una palabra que reúne a sus miembros y los remite a Adán, ese padre común que, por haber sido amasado en la antigüedad, sólo ha conocido la carga ominosa del sustantivo en cuestión. Algo más hay que decir a este respecto, y es que los argentinos somos generosos. Hemos salido al mundo para enseñarles a todos los hombres, a todas las naciones, el efecto sanador de las palabras malas. Quizá un gremio se sienta afectado por tamaña generosidad, el de los psicoterapeutas. Pero ellos buscarán otros modos de subsistencia, lejos del diván y de sus lucubraciones y requiebros porque, como se dijo, las malas palabras sanan por sí, sin el auxilio de Freud, de Lacán y de sus acólitos. Sanan a muchos a expensas de pocos.

Página 1 de 2
Previo | Siguiente >>

  Calificación actual: / 7        Malo Bueno   
PUBLICIDAD

ENLACES PATROCINADOS

Con el patrocinio de
Grupo Santander
Universia Colombia S.A.
Calle 78 No. 9-57, local 1, piso 2, Bogotá D.C.
Tel. 57+1 255 9209
serviciouniversiacol@universia.net