jueves, 22 noviembre 2007

Autor: Jesús Anturi Perdomo, Centro de Prensa Universidad del Norte
Si no fuera por el acento y los rasgos físicos cualquiera pensaría que son costeños. Y es que ha sido tanto su acoplo a la ciudad, a nuestras costumbres, a nuestra alegría la alegría, que estos 15 jóvenes venidos de Alemania, España, México, Taiwán y Argentina para realizar un intercambio académico en la Universidad del Norte, han entendido que su visita a Barranquilla ha sido más importante gracias a las vivencias fuera de las aulas.
Se habían reunido en el Café Du Nord, de la universidad, con el grupo de personas de la Oficina de Cooperación Internacional (OCI) que les sirvieron como apoyo en el proceso de adaptación, para evaluar su experiencia en la institución y en la ciudad, con el fin de mejorar las circunstancias a próximos extranjeros.
Allí contaron anécdotas de clases, las que para la mayoría son muy distintas a lo que estaban habituados en sus países de origen; también narraron cómo la percepción de nuestro país en los suyos invita poco a viajar, sobre todo por lo que ven en las noticias.
Pero el miedo no se siente sólo allá; al llegar aquí muchas personas les advertían constantemente de la inseguridad de salir y cosas así. “Nos metían mucho miedo, la gente nos decía que fuéramos muy precavidos”, dijo Valeria Gisselle Gala, de Argentina, quien afirmó que nunca había sido víctima de la delincuencia en la ciudad.
Así permanecieron casi dos horas, compartiendo aquella vivencia que les ha permitido a todos entablar lazos de amistad con sus compañeros de clases, de fiestas o vecinos. En definitiva, descubrieron la Colombia de los colombianos, aquella que no es noticia de última hora, la que a diario sufrimos y festejamos, la misma que ellos sintieron, de la que se han quedado encantados.
Víctor Cordon, español, quien aseguró que vendrá a Carnavales, se refirió a la imagen nefasta que en España veía de Colombia. Ahora, en cambio, entiende que “no todo es lo que sale en la tele” y tiene la convicción para invitar a sus amigos y compatriotas para que visiten nuestro país y lo conozcan.
Pero no sólo ellos son los beneficiados, nosotros también recibimos un poco de su cultura; no es raro que los padrinos –los alumnos locales que colaboran con la OCI como orientadores o guías- aseguren haber conocido Europa sin haber viajado. Es que el contacto, a través del lenguaje y más allá de él, nos permite descifrar códigos culturales intrínsecos en el comportamiento que definen una nación y la hacen humana. Ésta será siempre una experiencia individual.
Así entonces, cada vez que me refiera a Alemania, serán más aquellos cuatro jóvenes atentos a escuchar a los demás, que los fríos y calculadores protagonistas de la historia; o cuando escuche de Taiwán, el pensamiento ligero de verlos como una categoría de ‘chinos’, por eso de los ojos, cambiará por una joven, Tun Ming Wen, algo ingenua, respetuosa, sumisa y muy dulce que me enseñó a comer con palillos, y que le intimida caminar por las calles de la ciudad seguida por la mirada curiosa de los transeúntes gracias a su aspecto asiático; o cuando me hablen de Argentina y de su petulancia, dos chicas me convencerán con alegres voces de la cordialidad que reposa en sus brazos, de que en la Argentina hay Borges y hay Cortázar, y que los “cronopios” y las “famas” son categorías presentes en todos lo países, aunque María Sol Di Lorenzo, una de ellas, me asegure que Borges representa a los porteños, un poco los “famas”, aquellos presumidos y Cortázar se proclama un “cronopio” orgulloso de serlo, los del popular; y entonces la España de Buñuel, de Franco o Savater, será más la España de Víctor Cordon, aquel joven ‘a todo dar’, extrovertido y sin prejuicio de raza o color.