lunes, 10 diciembre 2007

Autor: Rodrigo Torres, profesor de la Escuela de Química, Universidad Industrial de Santander
La sustitución gradual de combustibles fósiles por biocombustibles como el etanol, butanol o biodiesel permitirá reducir de manera considerable las emisiones a la atmósfera de monóxido de carbono, dióxido carbono, material particulado y óxidos de azufre.
Recientemente se ha generado un creciente debate en el ámbito mundial en torno al uso de algunas fuentes de alimentos tales como el maíz, almidón o semillas oleaginosas, para la producción de los llamados biocombustibles, especialmente etanol y biodiesel.
Pero, ¿por qué se ha generado tanto interés en producir biocombustibles a partir de granos, caña de azúcar u oleaginosas? La fuerza directriz de esta revolución agrícola es sin duda el aumento del precio del petróleo. Hoy el precio del crudo alcanza valores promedio cercanos a los 80$US/barril y los expertos estiman que para el 2010 fluctuará entre US$53-63. Por otro lado, se han generado muchas presiones por parte de expertos científicos pro-ambientalistas y de algunos sectores de la sociedad civil, para que los gobiernos, especialmente de los países desarrollados, tomen acciones urgentes que permitan mitigar la contaminación ambiental provocada por el uso de combustibles fósiles no renovables.
Actualmente todo el mundo habla, opina y muestra gran preocupación sobre los presuntos efectos negativos del llamado “calentamiento global” en el clima, la biodiversidad y el futuro de las próximas generaciones. Es por ello que hoy pocos cuestionan la necesidad de buscar y desarrollar el uso extensivo y creciente de energías alternativas. Así por ejemplo, el presidente Bush ha proclamado recientemente que los Estados Unidos deben disminuir su consumo de combustibles provenientes del petróleo en un 20% los próximos 10 años, lo cual requiere la búsqueda de nuevas formas alternativas de energía renovable para asegurar su demanda energética. Este plan, denominado 20/10, ha provocado, por ejemplo, que los precios del maíz en USA hayan subido abruptamente de US$78 por tonelada el 2005 a la suma de US$142 en tan sólo un año. ¿Cuál es la razón?, la creciente demanda por granos de maíz para producción de bioetanol.
Pero no sólo de maíz viven los biocombustibles. Países como Brasil, USA y algunos del sudeste asiático y la Comunidad Europea, han fortalecido sus programas de producción de biocombustibles a partir del uso de fuentes renovables, consideradas también alimenticias, tales como granos (maíz, sorgo y trigo), azúcares (caña y remolacha), almidón (yuca) y oleaginosas (soya, palma y colza). Así por ejemplo, la producción de etanol en USA a partir de maíz fue de 15 mil millones de litros en el 2005, y ésta podría alcanzar los 37 mil millones en el 2010, lo que representaría usar el 30% del maíz producido en los campos de Estados Unidos.
Alternativamente, Malasia e Indonesia están planeando dedicar el 40% de su cosecha actual de aceite de palma para la producción de biodiesel. Sin embargo, Latinoamérica no se queda atrás. La industria del bioetanol de Brasil, principal país productor mundial de este biocombustible a partir de la caña de azúcar, genera 17.5 mil millones de litros de etanol, destinando un 80% para su consumo interno. Sin embargo, Brasil espera incrementar su producción la próxima década, principalmente por el aumento de la demanda de USA. Por otro lado, los beneficios ambientales del uso de los biocombustibles son evidentes. La sustitución gradual de combustibles fósiles por biocombustibles como el etanol, butanol o biodiesel permitirá reducir de manera considerable las emisiones a la atmósfera de monóxido de carbono, dióxido carbono, material particulado y óxidos de azufre.
¿Pero por qué incentivar esta “revolución agrícola” para destinarla al uso de biocombustibles? Para los economistas no cabe duda de que la producción de biocombustibles contribuirá al desarrollo económico, especialmente en las zonas rurales. Los altos precios de los sustratos necesarios para la producción de biocombustibles las convierten en “commodities” que pueden generar buenas ganancias y empleos estables en quienes las promueven. Así por ejemplo, la industria del bioetanol basada en la caña de azúcar genera en Brasil la no despreciable suma de 4.2 millones de empleos, mientras que la industria de aceite de palma de Indonesiaespera crear 2.5 millones de trabajos en los próximos 3 años. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que esta revolución agrícola no ha favorecido a los pobres y aún existen problemas a nivel mundial por la falta de alimentos.
Esta carencia alimentaria mantiene, según la FAO, en desnutrición y hambre a casi mil millones de personas en América Latina, India, África subsahariana, Sudeste asiático y China. Aunque es necesario decir también que el hambre a nivel mundial es causada más por problemas de mala distribución de la riqueza asociada a las malas políticas públicas de los gobiernos, que a la escasez actual de alimentos generada porla fiebre de los biocombustibles. No obstante, es probable también que el incremento de los precios en estos commodities pueda aumentar los riesgos alimentarios en los países pobres, y de manera especial en la vulnerable África subsahariana.
¿Qué decisión debe tomar Latinoamérica? Cada país en particular está tomando sus decisiones teniendo en cuenta sus ventajas comparativas. Por un lado, Brasil, principal productor mundial de bioetanol aprovecha su condición para proveer de biocombustibles a los países desarrollados.
Lula sabe que la Unión Europea necesita de manera creciente de bioetanol, es por ello que ha abogado recientemente por la eliminación de las tarifas existentes para el etanol en la Comunidad Europea. A su vez, es consciente de que Estados Unidos por sí solo no puede cubrir su demanda energética del plan 20/10 para los próximos 10 años. De esta manera, apuesta por aumentar sus exportaciones actuales de 3.7 mil millones de litros por año para cubrir una gran parte de la demanda proyectada de USA de 80 mil millones de litros de bioetanol para el 2017.
Por otro lado, Venezuela y Cuba están incentivando la producción de bioetanol únicamente a partir de la caña de azúcar. Su preocupación por el riesgo alimentario es parte de la agenda política de los presidentes Chávez y Castro. Así por ejemplo, Venezuela invertirá, bajo la asesoría de Cuba, casi mil quinientos millones de dólares los próximos 5 años para la construcción de cerca de 14 centrales azucareras y la siembra de 300 mil hectáreas de caña de azúcar que le permitan producir 25 mil barriles diarios de etanol. Colombia por su lado ha apostado tanto por el bioetanol como por el biodiesel. Según estimaciones de la ANDI, Colombia producirá 15.4 millones de litros de etanol/día en el año 2020, con áreas proyectadas de cultivo de caña de azúcar de 770 mil hectáreas.
Si consideramos que el consumo interno de etanol, de acuerdo con la normativa 693 del 2001será, para el 2020, de 20% en la mezcla – lo que indicaría un consumo anual proyectado de etanol de unos 1.77 mil millones de litros - quedarían excedentes de unos 3.85 mil millones que podrían ser exportados. Por otro lado, la agroindustria de la palma de aceite ha sufrido un aumento exponencial los últimos 5 años, lo cual permitirá producir unos 981.5 millones de litros de aceite de palma, y cubrir las importaciones de diesel y el suministro total del mercado alimentario en Colombia el año 2020.
¿Cuál es el reto entonces? Pienso que el reto no es sólo aumentar la producción de alimentos que cubran la demanda y eviten el hambre en la población de las naciones más vulnerables. Es necesario también que permitan expandir la producción de biocombustibles de una forma sostenible y sustentable para las economías y tierras de los países en vías de desarrollo.
Se debe asegurar el consumo interno de alimentos. Sin embargo, se requiere incentivar la investigación y la generación de tecnología para la producción y optimización de los biocombustibles. Las preocupaciones por crisis alimentaria y las visiones pesimistas de degradación ambiental debieran ser mitigadas por los países desarrollados a través de una estrategia de desarrollo sostenible y sustentable, así como de la estabilización de los precios de las materias primas usadas para la generación de biocombustibles, en especial del maíz. La revolución agrícola gatillada por los biocombustibles está en marcha, y la mesa del debate ya está servida, y ya no sólo de alimentos, sino de biocombustibles. Y esta vez no sólo los países desarrollados están invitados a la mesa. Los países en vías de desarrollo, y especialmente los más biodiversos, como Colombia y Brasil, tienen esta vez una gran oportunidad de poder servir el plato principal.
Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios.
Por favor valídese o regístrese.