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viernes, 27 junio 2008

Yu Takeuchi

Autor: Mabel Paola López (Especial para Universia Colombia)


Cuatro claves para ser un buen maestro
El amor que le profesan sus discípulos lo ha hecho merecedor de sentidos homenajes como los doctorados Honoris Causa de la Universidad Nacional de Colombia en 1992 y de la Pontificia Universidad Javeriana en 2000, la calidad de Profesor Honorario de la Universidad Popular del Cesar, la Gran Cruz José Rafael Farias de la Universidad de Pamplona y los homenajes de gratitud de las universidades Industrial de Santander, Universidad de Nariño, Universidad del Cauca, Francisco de Paula Santander de Cúcuta, Francisco de Paula Santander de Ocaña y de la Universidad Surcolombiana de Neiva.

Durante la aceptación del Doctorado Honoris Causa en la Universidad Javeriana, ceremonia en la que también se le concedió dicho homenaje al maestro Carlo Federici (1906-2006), Yu Takeuchi señaló: "Este agasajo fue una sorpresa para mí.

Evidentemente fue una obra de mis discípulos, quienes querían que un simple profesor de matemáticas recibiera esta distinción. Las matemáticas son una cultura de las más nobles de la humanidad. Además, hoy en día son una necesidad de la vida, como comer y dormir. Por eso, enseñar las matemáticas es una profesión noble. Todos los matemáticos, aunque sean investigadores exclusivos, son profesores".



¿Pero cuál es el secreto que llevó a este maestro a dejar una huella tan profunda entre sus alumnos? Takeuchi confiesa haber aprendido a enseñar en su periplo por la educación secundaria en el Japón, con la que se inició como profesor años antes de entrar a la Universidad Estatal de Ibaraki. Como maestro de colegio entendió que la letra con sangre no entraba y menos las matemáticas, de allí que debiera hacer de ellas algo divertido en aras de generar aprendizajes para la vida. Es decir, su primer secreto para enseñar de verdad radicó en ser profesor de colegio para aprender lúdica y pedagogía.

En segundo término, entendió que un profesor no puede difundir conceptos si primero no tiene un conocimiento mediano de quién es su alumno, cuáles son sus fortalezas y cuáles sus debilidades. Y en tercer lugar, ratificó que el respeto por la forma de ser y pensar de sus estudiantes era una condición sine qua non para romper las jerarquías y lograr que ellos fueran más que alumnos sus propios hijos o nietos.

“Hace muchos años tuve al tiempo a dos estudiantes, un hombre y una mujer. Él entendía rápido y resolvía velozmente todos los problemas que se le planteaban en clase. Ella se tomaba su tiempo y demoraba bastante contestando los exámenes, pero siempre lo hacía bien, porque trataba de entender primero los enunciados antes de resolver los ejercicios. Los dos tenían estilos distintos y eran excelentes estudiantes, hoy son profesores de la Universidad Nacional, cada uno a su modo y entonces, como ahora, tenemos muy buenas relaciones”.

Finalmente, agrega, “el maestro no se debe conformar con dictar la clase, pues si el estudiante no sabe cómo resolver problemas diferentes a los que le ha puesto en el tablero, no está haciendo mayor cosa. Lo importante en matemáticas es aprender a resolver los problemas más allá de la teoría, es decir, aprender a pensar y la tarea del docente es suministrarle al estudiante las herramientas para que lo haga”.

Precisamente esa manera de concebir la enseñanza de las matemáticas lo hizo merecedor del Primer Premio Nacional de Matemáticas entregado por la Sociedad Colombiana de Matemáticas en el año 1989. Ese fue un galardón tan importante para él como la reciente orden San Carlos en el grado de oficial, que le entregó a finales de mayo de 2008 la Cancillería Colombiana en el marco de los 100 años de relaciones con el Japón. Sobre el segundo reconocimiento opina de manera discreta: “A mi edad me emociona mucho haber obtenido una distinción del Gobierno colombiano. Es la primera vez que entro en la política y me siento como un catalizador, pues de lo que se trataba era de demostrar relaciones exitosas entre las dos naciones”.

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