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Matemáticas y Ciencias Naturales
José Luis Villaveces Cardoso
viernes, 25 enero 2008

Autor: Lisbeth Fog, periodista científica - Especial Universia Colombia
Químico de profesión, su vida misma ha sido una mezcla y una combinación de pócimas y de temas, aunque su pasión, definitivamente, es la química, y ahora lo que él llama la ‘matematización de la química’; José Luis Villaveces es ante todo un gran pensador colombiano.
José Luis Villaveces Cardoso todo lo cuestiona. Todo lo pregunta. Todo lo piensa. Tiene una infinita curiosidad que florece en cualquier conversación o circunstancia. Incluso cuando hace mercado con su actual compañera, Magola Delgado, o cuando termina de dictar una charla y espera las preguntas de su auditorio.
Ha sido siempre y por encima de cualquier otra cosa, investigador. Es químico, con especialización en química cuántica, tiene maestría en químico-física molecular y doctorado en química pura. Se graduó con una tesis sobre el estudio de la abstracción molecular de un pequeño átomo, el del hidrógeno. En ese entonces “ simulaba en el computador reacciones en las que un átomo de hidrogeno brincaba de una molécula a la otra”, dice, como si fuera un juego.
Uno de sus inspiradores fue Tobi, el amigo de Mi Pequeña Lulú, aquella historieta de la década del cincuenta, que mostraba cómo Tobi, con su caja de experimentos, trataba una y otra vez de generar reacciones químicas, cambiar los colores de las cosas, lanzar cohetes. El José Luis de ocho años, junto con su hermano, hacía lo mismo en el garaje de su casa. A veces le salía, a veces no. Así es la ciencia, y así la vivió desde chiquito, pues casi desde esa época le dijo a su padre, el médico José Vicente Villaveces, quien quería estudiar química.
¿Heredaría de su padre ese interés por ir más allá de lo que sus ojos veían? El doctor Villaveces, por los años cuarenta empezó a estudiar las alergias en Colombia y es reconocido como el pionero en la introducción de estos temas en el país.
Influyeron también en la vocación de investigador de José Luis la
Segunda Guerra Mundial y el lanzamiento de la bomba atómica, la carrera por el espacio y el proyecto de Átomos para la Paz. Siguió la noticia del Sputnik paso a paso.
Buen lector de historietas, se identificaba con un químico, a quien combatía el Capitán Marvel, un personaje estilo superman. También sentía una especial atracción por las brujas, no como Madam Mim, a quien considera ‘pueril’, sino las de verdad, verdad. “Las brujas siempre me gustaron profundamente, y me siguen gustando. Son personajes maravillosos. Echar uno cosas entre una olla y sacar de ahí pócimas con poderes... Eso me parecía mágico”.
Así que a punta de lecturas, de experimentos, de revolver menjurjes, y de ensayo y error, terminó su bachillerato en el Liceo de Cervantes, a comienzos de la década del sesenta, con buenas notas, aunque debiendo varios domingos de castigo por necio, contestón e inquieto.
Ya en la Universidad Nacional de Colombia, en 1962 empezó a estudiar química y le atraía la parte teórica, aunque en ese entonces el énfasis de la carrera estaba más en la industria. “El huracán de la Segunda Guerra Mundial había enviado hasta nuestras playas a varios profesores de ciencias, entre ellos Marcel Ewert, químico belga, con doctorado de la Universidad Libre de Bruselas”, a cuyo grupo de estudiantes perteneció Villaveces por su constante motivación hacia la investigación y el estudio permanente. Las controversias en esos espacios eran muy enriquecedoras. Además el ambiente universitario, mayoritariamente masculino, se fortalecía con el movimiento estudiantil, el discurso de Camilo Torres y la influencia del marxismo.
Al terminar la carrera de química resolvió iniciar la carrera de física. Villaveces siempre ha tenido un romance con esa combinación de disciplinas. Le fascina la química. Es su pasión, pero al mismo tiempo, respeta y se mete en los vericuetos de la física, que en el siglo pasado, a su juicio, se robó el show. “Yo creo que el siglo XX fue un mal siglo para la química, porque la física tuvo unos logros tan espectaculares a principios del siglo –como la teoría de la relatividad o los avances de la física cuántica-, que opacaron los cuerpos conceptuales fundamentales de la química y durante más de 70 años, fue tan fuerte el brillo de la física que los químicos dejaron de pensar”, dice, contundente.
Se vinculó como profesor en su alma máter y comenzó una carrera que lo llevó a Suecia, donde su profesor de química cuántica Per Olov Löwdin impuso un sello imborrable en su pensamiento. Volvió a Colombia y ante la precariedad de las maestrías y la inexistencia de doctorados se fue a Bélgica, buscando formación de investigador y allí realizó su doctorado. Aprendió francés, pulió su inglés, adquirió nociones de alemán y de italiano, y empezó a hablar portugués.
Esta etapa de su vida la compartió con su primera esposa, María Cristina Niño, y sus tres hijos pequeños. Aunque le habían prometido beca, una vez aterrizó en Bélgica con su familia se enteró de que no se la concederían y debió asumir otras responsabilidades diferentes a sacar adelante sus estudios, para poder sobrevivir, como cortar pasto y arreglar jardines, y perforar tarjetas para los computadores de entonces.
Recuerda estos años con afecto porque vivió plenamente la cotidianidad de una familia en una ciudad europea, asistiendo a reuniones de padres de familia en los colegios de sus hijos, buscando médicos en momentos de dolor, haciendo planes con otras familias, realmente insertándose en la sociedad belga.
Y a pesar de que tuvo oportunidades de trabajo una vez terminados sus estudios doctorales, tenía muy claro que su vida estaba en Colombia, así que empacaron sus maletas y la familia entera regresó al país.
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