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Alberto Ospina Taborda
viernes, 12 octubre 2007

Autor: Lisbeth Fog, Periodista científica - Especial Universia
La intensa década del sesenta
Uno podría decir que el paso del Capitán Ospina por el MIT fue clave en su vida profesional. Estando allí, se interesó en las actividades de un grupo de estudio o Comité de las ciencias físicas cuyos integrantes habían llegado a la conclusión de que la enseñanza de la física y de las matemáticas en los Estados Unidos debía tener algún problema, pues la Unión Soviética estaba tomándoles la delantera en tecnologías de la física aplicada y la astronáutica, y prueba de ello había sido el lanzamiento del Sputnik el 4 de octubre de 1957.
Así las cosas, una vez ese Comité escribió el nuevo texto de física, el capitán solicitó permiso para traerlo a Colombia, traducirlo, adaptarlo e implementarlo, solicitud que fue aceptada. Ese puede ser el inicio de las primeras discusiones sobre la necesidad de promover la ciencia y la tecnología en el país, y como todos los inicios, hay un primer momento que lo único que se encuentra son las puertas cerradas. Pero hubo algunas a medio abrir. Con unos pocos pesos lograron hacer la edición del libro y preparar unos mil profesores en los nuevos métodos de enseñanza de la física. Para ello fue necesario crear el Instituto de Ciencias, que luego absorbió el Ministerio de Educación.
Esa experiencia hizo pensar en la necesidad de contar con una institución pública que apoyara el avance de la ciencia y la investigación científica en el país. Entre sus promotores estuvieron personalidades de la talla de Virgilio Barco Vargas, Germán Botero de Los Ríos, Gerardo Eusse Hoyos y Hernán Echavarría Olózaga, entre otros.
La Unesco había declarado la década del sesenta como la década del desarrollo científico y tecnológico, y desde la conferencia de Ginebra en 1961, en la cual participó activamente, pues fue además nombrado relator, llegó al país con la idea de subirse en el tren de la ciencia y la tecnología, a donde se estaba subiendo el mundo.
Coincidencialmente, cuando fueron a proponer la idea al entonces ministro de educación Gabriel Betancourt Mejía, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y la Agencia Internacional para el Desarrollo, AID, ofrecían apoyo financiero y conceptual para temas de educación, ciencia y tecnología. Era 1968 y el capitan fue contratado como asesor de ciencia y tecnología del ministerio.
La idea de crear un instituto para el desarrollo de la ciencia y la tecnología fue madurando hasta que el presidente de la republica de entonces, Carlos Lleras Restrepo, aprobó la redacción de los decretos correspondientes, pero sólo se concretó con el sucesor de Betancourt Mejía, Octavio Arizmendi Posada, quien asumió como ministro.
Todo el impulso que el capitan le dio a este proyecto hizo que lo nombraran primer director de Colciencias, cargo que no pudo asumir inmediatamente a causa de un infarto que lo aquejó en 1968.
“Cuando fui nombrado en Colciencias, la misma UNESCO me mandó una invitación para que visitara los organismos de ciencia y tecnología de cuatro países europeos, los que yo escogiera. Escogí un país grande en ciencia y tecnología, Francia, un país mediano, Bélgica, un país de habla hispana, España y un país comunista, Checoslovaquia”.
Una de las conclusiones de su gira por estos países fue la necesidad de organizar la comunidad científica. “Y como no la había, era necesario formarla”, dice. Así que recorrió las universidades donde debían estar los semilleros de los investigadores, y les llevó dos mensajes: uno, era importante que empezaran a crear sus centros de investigación, para lo cual les ofreció un apoyo de 50 mil pesos mensuales; y dos, era clave que se empezaran a organizar como gremio, para lo cual les propuso armar una asociación al estilo de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia. Así que también ayudó a la formación de lo que hoy son las vicerrectoras de investigación de las universidades y la que hoy es la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, A.C.A.C., de la cual también fue su Presidente.
“Colciencias fue considerado por algunos organismos internacionales, entre ellos la OEA, como un modelo, pues en poco tiempo tuvo éxito, y fama de ser una organización seria y con algún prestigio. Cuando yo me salí de Colciencias, los de la OEA me ofrecieron visitar algunos países latinoamericanos para contar mi experiencia y asesorar el montaje de organismos de ciencia y tecnología. Me hicieron un contrato de asesoría y efectivamente viajé a Argentina, Uruguay, Chile, Ecuador y Perú. Yo no puedo decir que influí mucho, pero algo ayudé en ese entonces por cuenta de la OEA”, dice.
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