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Alberto Ospina Taborda
viernes, 12 octubre 2007

Autor: Lisbeth Fog, Periodista científica - Especial Universia
Carrera en ascenso
En 1951 Ospina ganó un concurso que abrió la Marina de Estados Unidos para realizar un curso superior de mantenimiento de equipos electrónicos de comunicaciones y navegación en la Electronics Maintanance School de Great Lakes, Illinois. Así que con su esposa Lola Bozzi, con la que acababa de contraer matrimonio y quien había sido su madrina de graduación, parte para Estados Unidos.
Había aprendido inglés en unos cursos que tomó en Bogotá y algo practicaba de vez en cuando en sus viajes por alta mar. En Illinois continuó su aprendizaje profesional, y más tarde cuando fue admitido en el Massachussets Institute of Technology, MIT, para realizar estudios de postgrado en ingeniería eléctrica, el reto fue mayor. Regresó al país en 1958 como director de comunicaciones navales de la Armada.
Para entonces ya se había abierto campo en los medios de comunicación. En la edición dominical de El Tiempo escribía de vez en cuando, y en la revista Semana de entonces tenía una columna, Ciencia y Técnica. Sabía de su capacidad de explicar los temas científicos y tecnológicos con un lenguaje sencillo, pues los lectores entendían y opinaban sobre sus artículos. Cuando le publicaron por primera vez, el hecho se convirtió en acontecimiento pues le anunciaron que le pagarían. Tal fue su sorpresa que enmarcó el cheque. Luego resolvió hacerlo efectivo, pero antes le sacó una fotocopia para que quedara la constancia. “Guardo el recuerdo”, dice.
No sabe muy bien si fue por sus escritos o por su labor en la Armada que lo empezaron a requerir las altas autoridades de entonces. Fue a parar a México formando parte de una misión del Ministerio de Comunicaciones, donde dictó una conferencia sobre la comunicación troposférica, que había sido el tema de su tesis en MIT.
A su regreso ocupó el cargo de director general del Ministerio de Comunicaciones, y luego pasó al de Hacienda donde fue llamado para organizar e instalar el primer computador, destinado a la administración de impuestos. Llegó allí también en comisión de la Marina, siempre con su uniforme. “Yo no era que supiera de eso mucho”, recuerda. “Únicamente era ingeniero, había pasado por el Ministerio de comunicaciones y por el MIT, y así se lo dije al ministro”. Así que se fue para Estados Unidos a visitar otros centros de cómputo, se familiarizó con la tecnología y obtuvo la asesoría de una misión del Internal Revenue Service, IRS, encargado de manejar el tema de impuestos en EEUU. “Esa misión consistía en un técnico en impuestos y un técnico en procesamiento electrónico de datos. Así formamos un comité de trabajo para dar los primeros pasos del montaje de nuestro computador, pero la pregunta era ¿y bueno cómo vamos a identificar a la gente?”.
El Capi recuerda esos años y le da risa, porque ni todos los colombianos ni las empresas y entidades tenían una forma común de identificación. “Entonces se inventó el NIT, un Número de Identificación Tributaria, el cual para las personas naturales fue la misma cédula de ciudadanía, y a quienes no tuvieran cédula se les asignó un NIT especial. Empezó a funcionar, el computador dio muy buen resultado en esos primeros años, y se doblaron los ingresos de la nación”.
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