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sábado, 20 octubre 2007

Jaime Arocha

Autor: Mabel P. López – Especial para Universia Colombia


Orígenes de una pasión
 Este académico estaba destinado a la Ingeniería Mecánica, carrera que cursaba hacia 1963 en la Universidad de Los Andes, en Bogotá, su ciudad natal. No obstante, un trabajo de extensión universitaria de su alma máter lo llevó al departamento de Córdoba, territorio caribe, y lo puso de frente a la gente de ascendencia africana, de la cual quedó enamorado al ver un fandango y estremecerse ante el ritmo de las cumbiamberas, cuyos manojos de velas iluminaban los cobres de la banda pelayera (grupo musical).

“—Bailen muchachos—, nos dijeron, pero en dos ocasiones estuvimos a punto de ser objeto de sendas puñeteras: una, cuando sacamos a bailar a unas muchachas que estaban debajo del alero de una casa grande y señorial. No sabíamos que su localización indicaba que ya se habían casado y tan sólo podían bailar con el permiso de sus maridos. La segunda fue cuando rehusamos soltarles nuestras parejas a los hombres que se nos acercaron en pleno baile y nos dijeron ‘dame el barato’. Con todo y la vergüenza por las equivocaciones, de esa fiesta salí con una nota mental que decía ‘Sociología en la Nacional’, a la cual la reemplazó la afirmación de ‘un fandango me volvió antropólogo’”. Leer el testimonio completo.

El evento coincidió con la presencia en su universidad de dos figuras claves para la Antropología en el país: Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff, pioneros de los estudios de arqueología y antropología cultural sobre la gente de la llanura Caribe y la Sierra Nevada de Santa Marta. En un curso que hoy llamaríamos “de contexto”, le abrieron las puertas de dicho saber a más de un joven que luego abandonó sus estudios iniciales para seguir el rastro de tiestos, culturas antiguas y vigentes. Junto a la de ellos, la de Nina de Friedemann fue otra de las grandes influencias académicas que recibió Arocha. Esta antropóloga bogotana, de ancestro boyacense, hizo grandes aportes a los estudios afrocolombianos entre los años de 1970 y 1990.

Adelantando en su compañía una investigación relacionada con el etnodesarrollo de los grupos negros en Colombia, se enfocó en las “concheras”, mujeres que se dedican a extraer el molusco piangüa de los manglares ubicados entre Tumaco y Guapi (Sur del Cabo Corrientes). En ese trabajo de campo ratificó que la Antropología debía dejar de ser neutral ante las violaciones de derechos humanos que sufrían continuamente indígenas y afrodescendientes. “En el transcurso de la etnografía (descripción detallada de la tecnología, formas de producción, organización social y política y universos simbólicos compartidos por una comunidad) que le dio vida al libro De sol a sol se consolidó en mí una convicción de que los antropólogos nos debemos a los pueblos para los cuales trabajamos y no necesariamente a la comunidad científica”, recuerda.

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