sábado, 20 octubre 2007

Autor: Mabel P. López – Especial para Universia Colombia
Heredero de los mejores
Pese a ser uno de los científicos sociales contemporáneos que más duro habla sobre el tema y que más aportes ha hecho al reconocimiento de lo afrocolombiano, Jaime Arocha no es el único dedicado a esa labor, aunque es privilegiado por haber bebido de una valiosa fuente de conocimientos, conformada por autoridades como Manuel y Delia Zapata Olivella, el padre José Rafael Arboleda (alumno de Meville Heskovitz, uno de los primeros autores que plantearon persistencias de las memorias de África en América), Aquiles Escalante (pionero de los estudios afro con el libro El negro en Colombia) y Nina de Friedemann.
En la Universidad Nacional comparte labores con los docentes creadores del Grupo de Estudios Afrocolombianos: Claudia Mosquera y el africano Maguemati Wabgou, y en el ámbito nacional hace parte de una nutrida red de investigadores asociados a universidades públicas, privadas y a observatorios como el del Caribe Colombiano. Adicionalmente, ha sido profesor visitante en el Instituto de Altos Estudios en Ciencias Sociales (París, 1989), Rockefeller Visiting Scholar del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de la Florida (Gainesville) y miembro del Comité Científico del programa UNESCO La Ruta del Esclavo (1998-2006).
Este antropólogo se formó como magíster en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1973, bajo la égida de Charles Wagley, luego hizo estudios de doctorado (1975) con la tutoría de Allen Johnson. Sin embargo, su prioridad inicial consistió en el estudio de las causas de la violencia en un municipio caficultor del Quindío. De ahí pasó a las primeras investigaciones de terreno en la zona plana del norte del Cauca y a finales del decenio de 1970 entró en contacto con Nina S. de Friedemann para profundizar en los diagnósticos sobre la orfandad en la cual se mantenían los estudios sobre los afrocolombianos y luego diseñar un proyecto de etnodesarrollo.
A esos años se remonta el interés por el Pacífico y la guía que en 1998 comenzó a ofrecerle a la entonces estudiante de Comunicación Social Stella Rodríguez, cuyo trabajo de terreno se enfocó en “los culimochos” de la costa nariñense. “La lección de ellos es que para portar la cultura afrocolombiana no se necesita tener la piel morena. Se trata de pueblos que aseguran descender de navegantes vascos que no abandonaron las costas de mulatos después de abolida la esclavización y que de ese modo fueron adquiriendo las competencias propias de los afrocolombianos, no sólo la de fabricar marimbas, sino la de afinarlas siguiendo escalas que se remontan al África Occidental y Central, bailar currulao y contar las historias de la Araña Ananse, a quien llaman Anancio”, comenta el académico.


