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miércoles, 11 abril 2007

Alejandro Boada Ortiz

Autor: Lisbeth Fog, periodista científica - Especial Universia Colombia


Las flores y la desmaterialización

El tema de la floricultura lo desvela. Y lo desvela en sus reflexiones porque él mismo fue gerente de un cultivo en alguna época, tuvo empleados, aplicó pesticidas, consumió toneladas de agua, trabajó con la ley de la oferta y la demanda. Desde entonces su pregunta siempre ha sido ¿hasta cuando? ¿la industria de las flores podrá crecer eternamente?

Su obsesión por encontrar la respuesta lo llevó a hacer un doctorado en la Universidad de New Castle en Inglaterra y la Escuela Superior de Comercio en Grenoble, Francia, para tratar de encontrar la respuesta y hacer recomendaciones. “Yo estoy investigando la sostenibilidad ambiental del sector floricultor. Por ser uno de los sectores que se ha desarrollado más rápido en Colombia, genera mucho empleo porque las flores no se pueden manejar con máquinas, demanda mucha mano de obra que es calificada en el sentido que hay que entrenarla y la gente va aprendiendo. Ser un buen recolector de flores no es fácil. Pero es un sector que se expande y consume muchos recursos naturales, como agua, espacio, suelo”, explica.

Siendo un sector que conoce como la palma de su mano porque lo vivió desde adentro, ha encontrado que sí hay un conflicto profundo de sostenibilidad, un conflicto fuerte entre la variable empresarial y la variable ambiental. “Si el mercado los deja, crecen mucho más, pero ellos no tienen en cuenta el concepto de cadena, de que son muchos”. Encontró que el sector ha avanzado y que hoy en día tienen más conciencia ambiental. Y ahorran agua, por ejemplo, o fumigan menos. “Ese es un avance fundamental”, dice. El problema es que si en 1998 eran 4.900 las hectáreas dedicadas al cultivo de flores, hoy son casi 7.000 y cada vez son más. “Lo que ganas en eficiencia lo pierdes en volumen”, continúa y en conjunto, los esfuerzos son menores que los conseguidos cuando se tiene la mirada individual. Resulta entonces que las investigaciones científicas han encontrado contaminación por pesticidas a 300 y 400 metros de profundidad, explica. “El pesticida no se está degradando, el suelo no es un filtro natural, la capacidad que tiene de procesar lo que le botamos es muy baja, y entonces empieza a acumularlo, de tal manera que si el empresario piensa que cada año reduce las cantidades de pesticida que bota al ambiente, si es cierto que bota menos, pero la naturaleza lo acumula, no lo procesa”.

Así que hay que tomar el toro por los cuernos, parece decir a modo de recomendación. El aumento de los cultivos de flores debe ser consecuente con la disponibilidad de agua, y eso significa que hay que estudiar los terrenos, dejar de sembrar en lugares donde el agua es escasa, y si se acaba el agua, se acaba para todos, inclusive para los dueños de los cultivos. Hay zonas del país donde aún hay disponibilidad del recurso hídrico, pero su uso debe estar fundamentado en un equilibrio entre el enfoque empresarial, el ambiental y el social. “No se trata de acabar con el negocio, pero tampoco de acabar con la Sabana de Bogotá”, remata.

Es algo así como hablar de bioeconomía, término acuñado por Georgescu-Roegen uno de sus economistas favoritos. “Si la economía no tiene en cuenta las variables ambientales está condenada a generar destrucción”, explica. “El planeta es una despensa que es finita y si uno la sobreexplota se acaba”. El problema, a su juicio, es que la sociedad es reactiva. “La gente reacciona cuando empieza a verse afectada y eso es desafortunado, cuando se podría empezar a trabajar con anticipación. De todas maneras es un esfuerzo pedagógico y hay que sensibilizar para encontrar soluciones”.

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