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Análisis del movimiento estudiantil
lunes, 06 octubre 2008

Autor: Fabio Humberto Giraldo Jiménez, Universidad de Antioquia *
Este ensayo fue presentado por el autor ante el Consejo Académico de la Universidad de Antioquia, corporación que trazó como política institucional el análisis y el debate de los fenómenos y de las problemáticas que gravitan en torno a la vida universitaria.
Resulta muy difícil evitar valoraciones políticas en el estudio de fenómenos sociales, sobre todo cuando el analista resulta involucrado en alguna medida. Tal es el caso de nuestra relación con el análisis del movimiento estudiantil. Este nos involucra no sólo como analistas, sobre todo en mi carácter de director de un instituto científico dedicado a la investigación de los hechos y de los procesos de la política; además nos involucra a todos como profesores de la universidad porque convivimos diariamente con el hecho; nos concierne como directivos de la universidad responsables tanto de su progreso como de su estabilidad y, por supuesto, nos toca en calidad de ciudadanos –algunos de edad madura, por cierto–. Este es uno de esos casos tan comunes en el análisis de la política en el que uno es juez y parte en distintas medidas. En consecuencia, soslayar valoraciones subjetivas, individuales, morales, sentimentales e ideológicas, resulta casi imposible. Pero como sabemos que esos son los riesgos que se corren con la metodología que sirve de base a la labor científica y que sustenta la labor académica, no podemos dejar de arriesgarnos. Todo este preámbulo tiene sentido para poder comenzar haciendo pública aclaración de las valoraciones que se puedan introducir en estas líneas.
Los partidos políticos, los movimientos sociales y las acciones colectivas de las cuales los movimientos estudiantiles son una modalidad especial han llegado a ser constitucional y legalmente legitimados como consustanciales a la democracia participativa contemporánea; y como expresión de la sociedad civil y de la participación ciudadana, se les promociona hasta en las más elementales cartillas de participación política. Aún más, el reconocimiento de que la democracia representativa ha declinado en su capacidad de canalizar el inmenso flujo de demandas de todo tipo provenientes de las complejas sociedades contemporáneas, ha llevado a reconocer la necesidad y la conveniencia de otras formas de actividad política, otrora marginadas como formas de la democracia directa. No pocas veces los mismos gobernantes echan mano de formas alternativas de legitimación de los gobiernos para evitar el proceso engorroso de las corporaciones representativas y acuden a formas de relación más expeditas con la comunidad. Tal es el caso, por ejemplo de los consejos comunitarios, de los plebiscitos o de los referendos, de las consultas populares, de los cabildos abiertos, de las manifestaciones públicas y, por supuesto, del uso de los medios masivos de comunicación. La instrumentalización de la participación social es un hecho político casi normal en la actualidad con todo lo desestructurante de la institucionalidad tradicional que ha resultado y cuyos efectos aún están por verse. En los más realistas cálculos de costo beneficio se les reditúa a las formas alternativas de participación su valor instrumental como estabilizantes del sistema. Para otros es un gasto de energías flotantes.
Pero ese ideal democrático que considera positivamente los movimientos estudiantiles no nos puede hacer olvidar sus características concretas. Todos los movimientos estudiantiles, que son típicos de la historia moderna y contemporánea, han compartido una característica: son libertarios. El libertarismo como conducta, no como ideología, es una expresión de rebeldía y crítica contra toda forma de poder, incluido el poder natural de la familia y muy variadas formas de poder social y político; por tanto, es una expresión de rebeldía contra toda autoridad que las encarne o represente.1 En este sentido los movimientos estudiantiles constituyen una repulsa libertaria frente a toda forma de ejercicio del poder, sobre todo del poder desaforado. Vistos así se puede afirmar que no tienen ideología política específica, por ejemplo de izquierda o de derecha. Constituyen una forma de expresión propia de una parte importante de la sociedad civil sobre la autoridad, que por su carácter libertario y de repulsa al ejercicio del poder terminan ejerciendo un control. Sin embargo muchos críticos consideran que el libertarismo resulta fácil presa de los totalitarismos por ser una expresión espontánea.
Por otro lado y por muchas razones que no es dable exponer aquí en detalle, pero que coloquialmente resumimos con el dicho según el cual en la juventud se concentra la adrenalina, también resulta consustancial la rebeldía con la juventud, anteponiendo que, como ya sabemos, ésta no es sólo una edad física sino también intelectual y cultural. Si a la fogosidad juvenil le agregamos el valor que representa el cultivo escolar del desarrollo intelectual, sobre todo en niveles superiores de educación donde los problemas a tratar no sólo son más abstractos, sino también más generales y las metodologías pretenden ser consecuentes en su nivel de abstracción y generalidad, no es casual que los movimientos estudiantiles sean, en efecto más cualificados. Ello, sin embargo, no los hace necesariamente más inteligentes, ni mejores moralmente, ni más correctos políticamente, ni más exitosos en sus propósitos.
Los ME suelen ser más cualificados porque logran reunir reivindicaciones sociales más o menos específicas, desde las que se refieren a actividades escolares y de sostenimiento e infraestructura hasta las que involucran programas nacionales de educación, con reivindicaciones políticas también más o menos específicas que van desde la participación en las decisiones académicas y de gobierno escolar, hasta la promoción de cambios en las estructuras de poder nacional, para no ir más allá. Pero no siempre coinciden la cualificación escolar e intelectual con la organizativa y la política. Así, por ejemplo, los movimientos estudiantiles contienen una extraña mezcla de diversas dosis de relativa madurez intelectual, espontaneidad y afán. Suelen ser muy espontáneos. Por ello también comparten otra característica: así como son de fogosos son de intermitentes, esporádicos y poco sostenibles. Se acercan más a las características propias de la protesta y de la movilización que a las de un movimiento político y menos a las de un movimiento social, una agremiación o un partido. Es por ello que resulta muy complicado contextualizarlos en la medida en que constituyen más un fenómeno que un proceso; como tal, son más impredecibles que otros hechos y otras actividades políticas.
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