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Política Científica, Ambición: palabra activa de la ciencia globalizada
jueves, 14 septiembre 2006

Autor: NOTICyT - Luis Javier Jaramillo S., consultor Fundación Tecnos
Algunos países latinoamericanos le vienen apostando con fuerza y convicción a la articulación de ciencia y producción en el seno de sus economías.
Impresionan la intensidad y la ambición de los programas y la concentración de recursos alrededor de mecanismos y programas de fortalecimiento de la innovación tecnológica. Son resultado de políticas definidas al más alto nivel gubernamental. Las noticias recientes de Chile y Argentina son dignas de mención y de comparación.
En el discurso de la presidente Bachelet, de Chile, con motivo de su primera cuenta pública ante el Congreso, se destaca su compromiso con una nueva política nacional de innovación: “Chile es hoy un país de ingresos medios y avanza hacia niveles de país
desarrollado, pero debe crecer en forma sostenida y por eso impulsará una
política de innovación”. “Quiero un país en que no sólo exportemos cobre, sino software para la minería; no sólo fruta, sino técnicas para empacar y preservar los alimentos; no sólo salmones, sino vacunas para prevenir las enfermedades de peces”.
“La transformación es indispensable: convertirnos en un país más innovador y productivo. Sólo así podemos aspirar a los estándares de vida de las naciones desarrolladas”. “…durante los próximos cuatro años transformaremos la política de fomento productivo en Chile, creando un nuevo Sistema Nacional de Innovación. En este Sistema el Estado, el sector privado, las universidades y otras organizaciones no gubernamentales serán socios”.
Entre las metas propuestas por el nuevo Gobierno de Chile, encontramos que del actual 0,6 por ciento del producto que destina este país a innovación, se aspira, con motivo del Bicentenario, a pasar a más del uno por ciento del PIB incluyendo un mayor compromiso del sector privado, tal como ocurre en los países avanzados.
Pero el alto Gobierno chileno no solo plantea una visión y unos propósitos loables sino que propone instrumentos como la creación del Fondo de Innovación para la Competitividad (hoy es un Proyecto de Ley en el Congreso), para superar la actual dispersión de instrumentos financieros. Los dineros recaudados de la minería del cobre serán claves para alimentar este Fondo de largo plazo mediante un aporte anual. Si hubiere excedentes se pondrán en una cuenta especial para financiar un esfuerzo sostenido de innovación. Es clara la intención de “sembrar el cobre”.
A su vez, el Gobierno argentino le apuesta al desarrollo de un nuevo patrón de producción basado en bienes y servicios con mayor tecnología para incrementar en forma sostenible la competitividad y la productividad de las empresas. Para tal efecto ha definido el Tercer Programa de Modernización Tecnológica. De una extrema postración económica y social hace unos pocos años, Argentina ha pasado a dinamizar de nuevo su desarrollo tecnológico y, por ende, su desarrollo económico.
Argentina se propone dar un gran impulso a la promoción de la innovación tecnológica por medio de un sistema nacional de innovación. La idea básica es crear y fortalecer los vínculos entre los centros de investigación y las empresas en sectores prioritarios tales como la biotecnología y las ciencias biológicas; las ciencias químicas; la tecnología de la información; la maquinaria agrícola; la tecnología agropecuaria, silvícola y pesquera; el procesamiento de alimentos y las ciencias médicas. Este esfuerzo tiene en mente de manera preferente a las Pymes, sin duda, semillas de innovación tecnológica futura. Entre otras, el Gobierno argentino acaba de recibir la noticia de la aprobación de un crédito del BID por US$280 millones para jalonar estas iniciativas.
Las anteriores comparaciones las hacemos pensando en Colombia. Es cierto que hemos avanzado. Los años noventa fueron una etapa preparatoria, de aprendizaje y de saludables efectos demostrativos. El país se aventuró en la formulación de políticas pioneras de innovación, afianzó la construcción de instituciones especializadas,
modernizó las estructuras legales, manejó y canalizó de modo responsable y efectivo tres créditos externos del BID, incluyendo sus contrapartidas públicas, y avanzó en la colocación y gestión de recursos financieros en el “sistema”.
En diez años, más de mil proyectos empresariales han enseñado retornos privados de la I&D (Innovación y Desarrollo). Esto deja lecciones valiosas al sistema, una de ellas el aumento de la cooperación universidad – empresa logrado gracias a la co-financiación de proyectos.
La investigación ha pasado a ocupar un lugar visible en la escala de valores académicos de varias universidades que “marcan el paso”. Ya es exigido con frecuencia el nivel doctoral en las convocatorias para plazas académicas.
En los años noventa, cerca de mil becarios hicieron doctorados en ciencias e ingeniería en las mejores universidades del mundo, han regresado en su mayoría al país y han sido acogidos por grupos reconocidos por Colciencias. Se multiplicó la formación de jóvenes investigadores. Se ha venido evitando el despoblamiento de docentes - investigadores de alto nivel en edad de jubilación.
Sin embargo y pese a estos logros, la verdad es que hay motivos para pensar que este impulso, procedente de los noventa, pareciera languidecer. Es paradójico, pero la recuperación del vigor actual de la economía no coincide con el paso cansino de ciencia y tecnología.
El estimado que se hace del gasto en un 0,5 del PIB confirma un estado apenas de supervivencia. El bajón de recursos experimentado en los años 2000 al 2003, parece una llama en trance de apagarse por momentos, pues se llegó incluso a niveles tan bajos como el 0,35 del PIB del 2000 al 2003. Un reciente Informe del BID sobre estadísticas comparadas en América Latina nos deja muy mal parados en varios indicadores (IADB. Education, Science and Technology in Latin America and the Caribbean. Statistical Compendium, 2006).
Entre los temas pendientes para el segundo mandato del presidente Uribe, están ciencia y tecnología, como lo anota con énfasis Guillermo Perry en un artículo para Portafolio. Más aún, este ex – Ministro de Hacienda y hoy economista, Jefe del Banco Mundial para América Latina, llega en el citado artículo a calificar hasta de “patético” el abandono en que se ha tenido a Colciencias en los últimos gobiernos.
El país, como observaba agudamente el director de investigaciones de una connotada universidad, tiene de todo pero con pequeños instrumentos.
Es una política liliputiense. En los años trascurridos ya en el Siglo XXI, hemos consumido las energías en declaraciones, reformas abstractas y acuerdos unánimes pero sin medios acordes para aterrizarlos. Pulula la languidez en el sistema cuando no las pujas burocráticas en el financiamiento. Es oportuno recordar que el remedio es la definición de una política ambiciosa que emane de la alta jerarquía gubernamental.
Máxime, ante la necesidad de una vigorosa agenda interna para los tiempos del sonado TLC. Es una falacia creer que debemos esperar a ser ricos para apoyar el sector del conocimiento. Los países asiáticos demostraron que invirtieron en conocimiento precisamente para salir de pobres. Al hacerlo, desplegaron inusitada ambición en sus políticas de ciencia, tecnología e innovación.
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