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Artículos de educación superior
Las artes en la educación superior como vehículo para el cambio social
jueves, 27 marzo 2008

Autor: GUNI - Nancy Lee *
Las instituciones de educación superior constituyen, aparentemente, un espacio privilegiado donde la sociedad puede cuestionarse, experimentarse y provocarse a sí misma.
En teoría, ofrecen el entorno adecuado para la creatividad. Sin embargo, tras esta afirmación se esconden numerosas contradicciones que, en la práctica, lo dificultan, o incluso lo impiden. En este artículo, Nanci Lee subraya la potencialidad y la fuerza creativa que puede ofrecer la combinación entre Artes y Educación Superior.
A través de varios ejemplos y diversas voces, la autora muestra e interpreta las principales características de experiencias reales que muestran cómo las Artes pueden actuar como un vehículo para el cambio social. Nanci Lee ha colaborado con el Observatorio `Universidad y Compromiso Social´ y forma parte del Comité Científico de la llamada a comunicaciones de la próxima conferencia GUNI, en la línea temática “La educación superior y las artes y la creatividad”.
Introducción: una jarra de agua fría
Las instituciones de educación superior están consideradas centros de pensamiento crítico y creativo que, como corresponde, conducen al desarrollo humano y social para la mejora de la sociedad. Consideremos, sin embargo, y sólo por un estremecedor momento, que lo contrario pudiera ser cierto.
Hace varias décadas, Ivan Illich, filósofo social austriaco, lanzó una dura crítica a las instituciones educativas, en concreto, a las instituciones de educación superior. No sólo afirmó que estas instituciones carecen de creatividad, sino que además sofocan la creatividad y la imaginación más provocadora (Max Wyman acuñó esta frase en su reciente libro del mismo título) que ayudan a las personas y a las sociedades a cuestionar sus realidades.
Describió la contradicción inherente de las instituciones educativas. Por una parte, la universidad es necesaria para garantizar la crítica social continuada, pero en sí misma es un microcosmo de formas de institucionalización que, según él afirmó, ponen en peligro el aprendizaje. Argumentó:
“Muchos estudiantes, especialmente los que son pobres, saben intuitivamente lo que las escuelas hacen por ellos. Les escolarizan para que confundan proceso y esencia. En cuanto éstos se confunden, se asume una nueva lógica: cuanto mayor sea el trato, mejores son los resultados, o la intensificación lleva al éxito. Así, pues, se escolariza al pupilo para que confunda la enseñanza con el aprendizaje, el progreso en las notas con la educación, un diploma con la competencia y la fluidez con la habilidad para decir algo nuevo (…)
La imaginación se escolariza para aceptar el servicio en lugar del trabajo social de valor (…) para la mejora de la vida de la comunidad. La salud, el aprendizaje, la dignidad, la independencia y el esfuerzo creativo se definen como poco más que el rendimiento de las instituciones que afirman servir a estos fines (…)”. (Illich, 1971, pág. 1).
Illich siguió los pasos de Antonio Gramsci y Augusto Boal, quienes, a su manera, hacían un llamamiento en favor de formas de expresión y debate intelectuales más radicales y democráticas, inherentes a los espacios comunitarios y colectivos. Illich afirmaba que el mismo proceso de institucionalización dentro de la educación mina a las personas, su confianza y su capacidad para resolver problemas. La institucionalización debilita la vida social en general.
El enfoque casi obsesivo del mundo académico de los expertos y los conocimientos expertos crea un sistema de barricadas y controles. Son pocos los que deciden qué conocimiento es importante y qué debería hacer la sociedad con él. En este contexto, el aprendizaje deviene "indiferenciado", como lo denominó él, y, como cualquier producto indiferenciado, escaso. Jane Jacobs, filósofa social canadiense que escribe sobre planificación urbana, ofrece una reflexión similar en su reciente libro The Dark Age Ahead. En él nos advierte que corremos el peligro de perder la comunidad. Enlaza este declive con la observación de que nuestras instituciones educativas se han "credencializado".
Se presta más atención a la especialización individual y a la consecución de determinadas credenciales que a dedicar la imaginación o la creatividad a mejorar nuestras comunidades. Se presta más atención a lo correcto que a lo amplio.
Como reciente formadora en una universidad, siendo algo así como una "experta", echo esta jarra de agua fría no sólo como una crítica, sino también como un trampolín para la reflexión seria en nuestras comunidades de educación superior y en nosotros mismos en calidad de educadores.
Se trata de una pregunta obsesiva, pero muy importante: ¿formamos parte del problema? ¿Actúa la propia naturaleza de las instituciones de educación superior, de alguna manera, contra su capacidad para catalizar el cambio social? ¿Dónde están los espacios esperanzadores?
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